Desde marzo, en estas madrugadas que se alargan de manera tan malvada sobre los techos, pienso una vez más en los motivos de la muerte de Berta; no sólo en el asesinato y los razonamientos que conocemos, los que se debaten, dividen y comparten; sino en otros misteriosos, mezclados con deseos esotéricos de entender y aceptar su ausencia que duele como vidrios enterrados en el pecho.
Pienso en abstractas ideas y los actos concretos de la justicia, el mal, la verdad. En cuánto habrá de justo que un cipote de la edad de una de sus hijas, asesino de oficio, sea puesto en una cárcel para que se acomoden los hilos del poder mientras él se hace mayor con los años enrejados; dónde estará la justicia para la vida de ese muchacho en la cadena de causas que llevan al crimen. Pienso en si no es de este modo, cuál es el justo modo; y qué vamos a hacer todas con cárceles llenas de jóvenes, por demás pobres, indígenas, hijos de compañeras cercanas, a veces, y ejecutores prepago de la muerte, cárceles que son negocio de los que deberían estar encarcelados y que alimentamos con sangre joven. Debato conmigo, con otras, si es el poder que oprime al cual pedirle castigo, si es castigo el que queremos, castigar a ese poder pero sin sus propias herramientas, acaso. Doy vueltas sobre cuál es el centro de la verdad en este momento para este mundo hondureño, para el resto, y para Berta misma, con cual verdad hacemos la vida vivible y la muerte digna. En qué diría Berta, pienso. Y algo me responde. Siempre me responde.
Sigue leyendo →