Treinta localidades. Dieciséis provincias. Ciento cincuenta entrevistas. «Tierra y Dignidad» es una foto de las últimas tres décadas, que busca dar cuenta de lo que sucede en los territorios del país y sobre todo reflejar el hacer de comunidades indígenas, movimientos campesinos y asambleas socioambientales que construyen caminos donde lo colectivo, la vida y la solidaridad son lo prioritario. Territorios que se organizaron para enfrentar la injusticia, tierras de comunidades que dicen “no” ante un modelo depredador y, al mismo tiempo, construyen alternativas, lejos de los reflectores mediáticos y de los espacios de poder, organizaciones que crecen con autonomía, dificultades y alegrías. Se trata de territorios de dignidad, donde se siembra presente y futuro. Un libro publicado por Editorial Sudestada.
Por Darío Aranda
Desde Eldorado hasta Esquel. De Las Lomitas a Loncopué. De Andalgalá a Guadalupe Norte. Son personas que no aparecen en redes sociales ni en grandes medios de comunicación. No aspiran al “éxito” que ofrece el sistema ni se acercan al poder de turno. Participan de espacios colectivos que priorizan el cuidado del agua, el aire, el territorio, la vida. Y están empecinadas en construir alternativas al capitalismo que depreda la tierra. Son familias campesinas, pueblos indígenas, organizaciones de base y asambleas socioambientales.
Desde hace décadas afirman que el modelo de país –a base de agronegocio, petróleo, minería, forestales, megarepresas y energía nuclear– es un nuevo capítulo de los espejitos de colores que lleva 500 años, una trampa no solo económica, sino (y sobre todo) política, con amplias consecuencias sociales,ambientales y sanitarias.
Un modelo extractivo que fue (y es) piedra basal de todos los gobiernos. Protagonizado por grandes empresas y presidentes, gobernadores, legisladores e intendentes, jueces y fiscales, que no aceptan alternativas a la de exprimir territorios y vidas. “Los supuestos representantes del pueblo no son gobernantes, son gerentes ejecutores de las grandes empresas y de los terratenientes”, denuncia Marcos Pastrana, abuelo diaguita de Tafí del Valle (Tucumán).
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Las pruebas, voces y estudios de las consecuencias del modelo extractivo son contundentes. Solo a modo de ejemplo: la concentración de la tierra se supera año a año. El 1 por ciento de las explotaciones agropecuarias controla el 36 por ciento de la tierra; y el 55 por ciento de las chacras (las más pequeñas) cuenta con solo el 2 por ciento de la tierra. Argentina experimenta una reforma agraria pero al revés, donde muy pocos tienen casi todo, y muchos no tienen casi nada. Las zonas de megaminería, como Andalgalá y Jáchal, son de las regiones más pobres del país. En las localidades donde se explota Vaca Muerta, “las mayores reservas” de hidrocarburos no convencionales, no hay gas natural para la población, y hasta se siguen calefaccionando con leña. En Añelo, epicentro petrolero, existen más prostíbulos que escuelas: es el “desarrollo” que brinda el extractivismo.
Las enfermedades asociadas al uso de agrotóxicos aumentaron exponencialmente en las regiones del agronegocio. “Epidemia de cáncer en zonas sojeras”, denuncian los pueblos fumigados, desde Avia Terai (Chaco) a Exaltación de la Cruz (Buenos Aires), de Ituzaingó Anexo (Córdoba) a San Jorge (Santa Fe). Desastre sanitario también confirmado con cientos de estudios científicos. “Es un experimento masivo a cielo abierto. No pueden tapar el sol con la mano”, había alertado el científico Andrés Carrasco en 2009.
En un país donde las pruebas son irrefutables, igual se reproducen discursos mediáticos, desde grandes medios de comunicación hasta los inefables “influencers”, que llaman a explotar la naturaleza o, en el mejor de los casos, a hacerlo con “cuidado”, como si se pudiera desmontar millones de hectáreas o detonar montañas de forma “sustentable”.
Cuando la realidad está alterada de forma extrema es necesario buscar otras categorías de análisis para poder pensar el presente, luego accionar y transformar la realidad. Con una pobreza del 50 por ciento, con un millón de niños que no pueden cenar cada noche (datos de Unicef), con jubilaciones que condenan a la miseria y una política que, con complicidad judicial, arrasa territorios, no alcanza con decir que se trata solo de un modelo económico. Otra categoría posible para pensar la realidad: “Nos han declarado la guerra”, explicaron en numerosas oportunidades los zapatistas, en referencia a las políticas económicas, sociales y represivas que padecen.
Es explícito el desprecio, la crueldad y el cinismo del poder, la violencia de los de arriba contra los de abajo.
El lonko mapuche Mauro Millán resumió la situación actual: “Nuestra lucha es por la existencia de los pueblos”. Desde hace años que en Catamarca y San Juan se denuncia la “dictadura minera”, donde las asambleas plantean con claros ejemplos cómo las multinacionales extractivas manejan a su antojo a gobernadores, legisladores y al Poder Judicial.
A quienes viven en ciudades, y a quienes no salen de la realpolitik (esa forma de actuar, con más pragmatismo que coherencia ideológica) ni traspasan la Avenida General Paz, les parece exagerado hablar de “dictaduras mineras” y de “guerras” por la vida. Quizá unos días en Andalgalá, Salinas Grandes (epicentro de la disputa por el litio), Las Lomitas (Formosa), Aristóbulo del Valle (Misiones) o Las Lajitas (Salta) hagan cambiar de parecer. Lugares donde el poder económico hace lo que quiere, con total complicidad política y judicial.
“Durante la colonia hubo un reparto de regiones y riquezas. El capitalismo actual reconfigura nuevamente el mapa de América, hay un nuevo reparto por intereses económicos, las multinacionales legislan por nuestros legisladores, quienes muy cómodamente sirven a los intereses de esas empresas sin ningún recato”, resume con precisión el diaguita Marcos Pastrana.
En la Ciudad de Buenos Aires, la más rica del país, se hizo “normal” ver personas en busca de alimentos en la basura –cuerpos sumergidos en contenedores olorosos–, familias enteras viviendo en plazas y bajo autopistas, cajeros bancarios como refugio de personas sin casa. “Daños colaterales”, como llaman en las guerras, para contentar a los especuladores internacionales y al FMI.
“La verdadera división que hay que hacer es entre quienes están con la lucha del pueblo y los que están con la entrega”, afirmaba el histórico dirigente sindical Agustín Tosco.
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El extractivismo no es un modelo nuevo. Toda la ingeniería legal moderna fue sancionada en la década menemista. E implementada en los territorios durante todos los gobiernos siguientes. Pero también es un modelo que lleva 200 años, desde la conformación de los Estados, y un modelo de cinco siglos.
Tiempos de guerra contra los de abajo, contra quienes defienden la tierra. Y en la primera trinchera están las comunidades indígenas, pueblos milenarios que –a pesar de los siglos de represión– saben lo que es resistir y construir futuros.
La invitación es sencilla. Con la herramienta básica del periodismo: recorrer cerros, estepas y montes, escuchar a quienes viven en los lugares, observar sin intermediarios, escribir sobre esas realidades, dar cuenta de las injusticias y sueños de esa Argentina tan castigada como hermosa, sufrida y alegre, tierra arrasada donde –a pesar de todo– se siembra todos los días.
El periodista solo como puente entre las personas y realidades para ser conocidas en otras latitudes. El periodismo como un oficio, como un carpintero que talla y lija una madera que luego será compartida.
Son 31 crónicas desde los lugares de los hechos. Porque mantiene vigencia la frase “la cabeza piensa según donde andan los pies”. Y el periodismo es contar lo que pasa, desde el lugar de los hechos, priorizando esas voces que dicen acá estamos, así somos, esto padecemos, esto soñamos.
En tres décadas pasaron ocho gobiernos, avanzó el modelo extractivo, se multiplicaron las resistencias, crecieron las hectáreas con agroecología, las organizaciones tuvieron cambios (algunas muy críticas pasaron a ser oficialistas), las corporaciones se unieron, el periodismo profundizó su decadencia, la casta política y judicial se volvió más servil al poder. Y la construcción de un mundo mejor sigue siendo motor de miles que no se quedan callados ni quietos ante tanta injusticia.
Tierra y dignidad es una foto de las últimas tres décadas, que busca dar cuenta de lo que sucede en los territorios del país, pero también reflejar el hacer de comunidades indígenas, movimientos campesinos y asambleas socioambientales que construyen caminos donde lo colectivo, la vida y la solidaridad son lo prioritario. Territorios que se organizaron para enfrentar la injusticia, de comunidades que dicen “no” ante un modelo depredador y, al mismo tiempo, construyen alternativas, lejos de los reflectores mediáticos y de los espacios de poder, organizaciones que crecen con autonomía, dificultades y alegrías. Se trata de territorios de dignidad, donde se siembra presente y futuro.
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*Tierra y Dignidad se puede conseguir en este link (https://www.libreriasudestada.com.ar/productos/tierra-y-dignidad-dario-aranda-17hmm/). Y se presentará el viernes 31 de julio en Librería Sudestada (Tucumán 1559, de Capital Federal, a las 19 horas).



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