Internacional

Repensar el uso de metales frente al modelo extractivista

Hace unas pocas semanas asistimos a un taller técnico sobre los impactos de la minería metálica en la salud y el ambiente. Entre algunos de esos datos que compartiremos hubo uno, que sin cifras y sin mucha necesidad de una investigación exhaustiva, salta a la vista: casi no existen actividades modernas que no usen metales y minerales de manera directa o indirecta.

 

El modelo extractivista actual, en todas sus facetas, atenta contra los bienes comunes. El caso de la minería metálica, ese “motor de desarrollo” en boca de gobiernos liberales y progresistas, es una de las actividades más devastadoras por sus consecuencias sociales y ambientales. Y América Latina es el primer productor de metales del mundo. De todos ellos los más codiciados son el oro y la plata. Para su extracción hoy cerca del 90% se hace a cielo abierto contaminando aguas superficiales y subterráneas pero también suelos y aire. ¿Y para qué lo usamos? En el caso del oro solo cerca del 10% de lo extraído se usa en tecnología, lo demás: el 40% en joyería y el 50% restante en inversiones. Sale del subsuelo de territorios y ecosistemas vivos para ir a parar al subsuelo de territorios financieros: los bancos. El porcentaje de reciclaje de estos metales es ínfimo, comparado con su extracción. El capitalismo tiene sed de acumulación.

Según afirman, con la extracción de éstos y otros metales se produce además otro desbalance: “los países industriales consumen el 70% de la producción anual de los nueve minerales mas importantes. Estados Unidos, Canadá, Australia, Japón y Europa Occidental, que tienen el 15% de la población mundial, consumen el 61% del aluminio, el 60% del plomo, el 59% del cobre y el 49% del acero”.

En Los perversos versos ¿Puede ser sustentable la minería? se dice que “el examen de la minería industrial de los últimos años alrededor del planeta evidencia un sinnúmero de daños y destrucciones múltiples e irreversibles de la Naturaleza (…) En el ámbito económico la situación tampoco es mejor. Los países cuyas exportaciones dependen fundamentalmente de recursos minerales o petroleros son económicamente subdesarrollados.” O sea, ni sustentable, ni desarrollo, ni nada de nada. La investigación apunta más datos y aunque haya sido realizada desde Ecuador lo cierto es que las historias se repiten en otros lugares: enfermedades, dependencia, ruptura de tejido social, corrupción, migración, criminalización y todo lo demás que una situación así trae aparejada…

Para quienes gustan decir: “estás en contra de la minería, pero nos dejas de usar una computadora”, se puede decir que es cierto, nuestras vidas modernas usan metales y minerales, pero en contra de lo que nos quieren hacer creer, el mayor consumo que se hace de ellos es el industrial y el armamentístico también se lleva su parte, aunque menor. Por eso, no se trata de estar contra el uso de metales y minerales sino contra el modelo que lo sustenta. Aún así, desde lo individual podemos repensar algunas prácticas.

Deshacer el discurso de la obsolescencia programada

Hace un par de semanas compartíamos una nota en la se alertaba que la basura tecnológica se está convirtiendo en un crescendo insostenible y ponzoñoso. En las grandes ciudades sólo 11% del material electrónico generado se recicla y en muchos casos esos “aparatos electrónicos, (‘obsoletos’ pero funcionales…), llenos de metales” terminan en el fondo de un armario. Basado en esto, el proyecto Cámara Shuar de Ecuador está pidiendo apoyos en “especias” para desarrollar su plan. El llamado es a reciclar los aparatos electrónicos que duermen en el armario, y apoyar la lucha del pueblo Shuar contra las minas a cielo abierto y la extracción de petróleo. Se busca dar una nueva vida a esos aparatos que serán utilizados en el proyecto de difusión audiovisual que la propia comunidad hará como parte de la “defensa de los territorios habitados y así denunciar la futura extracción de otros metales que finalmente irán a atiborrar otros armarios polvorientos, cuando los aparatos que éstos metales ayudaron a crear se vuelvan obsoletos por la programación del marketing”.

En las primeras economías del mundo se pueden encontrar muchos recipientes para arrojar chatarra electrónica que supuestamente será reciclada. Sin embargo las más de las veces esos aparatos terminan en basureros de países lejanos, como Ghana, al cual llegan bajo el nuevo negocio de la cooperación al desarrollo y “teniendo en cuenta que solamente una cuarta parte de los productos electrónicos pueden ser reutilizados, gran parte de ellos terminan en los almacenes de tiendas de segunda mano de la región. El resto son simplemente residuos y acaban sus días en Agbogbloshie el mayor vertedero de Ghana”. Quizás haya alguien que piense “no deberían permitirlo” o “deberían tener una ley que lo prohíba”. Lo cierto es que la propia “Unión Europea dispone de leyes que prohíben la exportación de residuos peligrosos, pero encubiertos como bienes de segunda mano o incluso donaciones, consiguen burlar las barreras legales y llegar a puerto. En Estados Unidos no existe normativa que prohíba la exportación de residuos electrónicos”.

Una vez más todo lo que el capitalismo toca es negocio… Ni sustentable, ni amigable, ni nada que se parezca. Simple y llano negocio. Los pronósticos no parecen mostrar un horizonte alentador; según predicciones la cantidad de basura electrónica en el mundo aumentará 33% en 5 años.

El Estado de Derecho, muchos derechos y ninguna obligación

A pesar de la cantidad de casos conocidos y denunciados de comunidades y poblaciones enteras que se han visto afectadas por la extracción de oro, plata o coltán (por mencionar solo algunos) las empresas siguen mutando sus discursos y contando con las leyes necesarias para contaminar legalmente. Probar que una minera ha destruido el ecosistema de una región donde se ha emplazado y que sus habitantes están sufriendo enfermedades incurables es misión (casi) imposible. Se necesitan “datos duros” que muchas veces no están al alcance de las comunidades. A la luz de estas realidades la ONG Source International brinda suporte técnico-científico de alto nivel y de manera gratuita para que comunidades afectadas por estas actividades “puedan evaluar los daños a sus recursos y promover acciones reparatorias”. Sin duda es de suma importancia que la ciencia se ponga al servicio de las comunidades para poder pelear en el terreno de lo legal.

Sin embargo, como nos recuerdan Sacher y Acosta “la industria minera mundial no está sujeta a ningún marco legal internacional. A lo sumo ésta se compromete, siempre de manera voluntaria, a regular sus actividades a través de la firma de numerosos convenios”. Una vez más el llamado es entonces a hacernos responsables de los que consumimos, a ejercer nuestra libertad de mercado en mercados locales -cuando se pueda- y en mercados justos. Aún así, es importante que nuestras acciones sean preventivas, detenerlos antes de que se instalen en los territorios y los destruyan, tomar conciencia de lo que nuestras pequeñas acciones, unidas, pueden hacer.

Los impactos de las actividades del modelo extractivista minero en las comunidades y el ambiente se empiezan a ver incluso antes de que suenen las primeras explosiones que harán volar por los aires las rocas de nuestras montañas. Desde la etapa de exploración hay compra de voluntades, se realiza tendido de carreteras (que facilitan actividades de caza y tala masivas) y destrucción de capa forestal además de provocar fragmentación del hábitat natural, la cual es la principal causa de desaparición de especies de plantas y animales. A (no tan) largo plazo las actividades mineras (y petroleras) pueden acelerar o producir terremotos ya que el subsuelo es vaciado y se rompe el equilibrio de las capas tectónicas sobre las que están nuestros continentes.

A corto plazo, uno de los grandes problemas de la actividad minera son las rocas de desechos. Para llegar al lugar donde hay una “concentración rentable” de los metales que se desean extraer hay que deshacerse de lo que está arriba. Toda esa roca que antes veíamos en forma de bonitas montañas y “no sirve”, ahora se transformarán en montañas de basura que liberarán los metales pesados almacenados en ellas al aire, agua y suelos. Estos desechos provocan drenaje ácido, una contaminación que puede llegar a durar, sin exagerar, miles de años. La mina Iron Mountain en California cerró en 1963 pero seguirá contaminando el río Sacramento con drenaje ácido por otros 3mil años más.

¿Esto significa que queremos volver a la Edad de Piedra?

Es claro, la exageración siempre ha sido una gran herramienta de marketing que funciona con quienes no están familiarizados con el tema. No se está hablando de volver a la Edad de Piedra.

Las propuestas que pretenden una reducción del consumo, el gran pecado capital(ista), son muchas y diversas, pero en el fondo todas abogan por consumir solo lo que necesitamos. Así por ejemplo nos encontramos con aparatos eléctricos y electrónicos que parecen dar batalla una y otra vez; otros en cambio parecen querer tirar la toalla al primer golpecito. El problema no es consumir cosas sino la cantidad de cosas que consumimos y el desinterés por intentar encontrar una solución al problema, antes de deshacernos de ellas.

Pero vayamos más allá. Ya lo hicimos todo: redujimos, reutilizamos, reparamos y reciclamos (o donamos para el reciclaje) y aún así necesitamos un aparato nuevo de reemplazo al actual. ¿Cómo hacer un consumo responsable de las tecnologías?

Hace no mucho tiempo compartíamos la noticia de que se presentó la primera computadora portátil verdaderamente libre, un aparato desarrollado por Gluglug, una compañía británica que se encarga de modificar viejos portátiles de Lenovo ocupándose de liberar su software pero también su hardware, para obtener así computadoras con mayor durabilidad. Al día de hoy “estos portátiles son famosos entre administradores por ser especialmente confiables y duraderos”. También hay una alternativa si lo que se necesita es un nuevo teléfono móvil. Se llama FairPhone y es “un smartphone diseñado y producido con el mínimo daño a la gente y el planeta” controlando toda la cadena de fabricación. Además sus prototipos están disponibles en open source, lo que lo hace un proyecto replicable. Por eso para algunos éste es un teléfono móvil libre y solidario. Hay otra propuesta, resonante: la de este hindú que crea una nevera que funciona sin electricidad. Y en realidad hay cada vez más diseñadores industriales, arquitectos o técnicos interesados e interesadas en (re)crear alternativas menos agresivas e igual de cómodas para nuestras vidas.

¿Y qué pasaría si soy yo, en primera persona, quien quiere aprender/enseñar estas cosas? En Oaxaca un día, un grupo de amigos interesados en compartir experiencias y conocimientos en tecnologías e informática libre, decidieron crear Min, un proyecto de reciclaje de basura electrónica y donación de equipos de cómputo a escuelas de zonas marginadas del Estado. No solo reciben cualquier aparato “que se conecte a la electricidad” sino que están abiertos a enseñar lo que saben a otras personas deseosas de aprenderlo. De hecho sus materiales y documentos están en linea para ser descargados. Porque, como ellos mismos dicen: “trabajamos por hacer de la tecnología algo accesible para todos. Nuestra visión de la tecnología está enfocada en la solución de problemas de la humanidad de forma responsable con la sociedad y con nuestra madre naturaleza”.

¿Cuántas cosas poseemos? Vivimos en el mundo de la obsolescencia programada y sin embargo vemos que hay alternativas. Elegirlas depende de cada una y cada uno de nosotros. Consumir menos no es sinónimo de no consumir nada, sino de hacernos responsables de lo que compramos. O de lo que podemos intercambiar: la web Nolotiro, te lo regalo (sin condiciones) recoge datos reales, de personas que han elegido no tirar lo que ya no les sirve, lo ponen en esta vidriera digital para que otras personas puedan llevárselo y prolongar su vida útil.

Los mercados y la economía no son nuevos. Existen desde que la humanidad tiene formas de relación más o menos complejas. Pero hay economías y mercados más allá del capitalismo, muchas personas están ya hoy intentando construir otro tipo de relaciones comerciales, para vivir algunas posibles salidas del laberinto del desarrollo capitalista.