Ecuador

Las chicas de Correa festejan por la amnistia a 7 perseguidos por el gobierno de Correa

26 Diciembre 2011
Cronica de Aguilar: las chicas de Correa fes tejan por la
amnistia a 7 perseguidos por el gobierno de Correa…

Sábado 24 de Diciembre de 2011 | DIARIO EL EXPRESO


El día en que PAIS perdió súbitamente la memoria

Cuando el secretario proclama el resultado de la votación, las cuatro
saltan de sus asientos como impulsadas por un mismo mecanismo y corren
hacia la puerta. En la entrada del salón del pleno se encuentran, se
abrazan, gritan y saltan dando vueltitas. Como en una ronda infantil. Como
en un festejo de cheerleaders. Todas jóvenes, todas sexis, todas
correístas. Las asambleístas cuencanas Rosana Alvarado, Mariángel Muñoz y
Linda Machuca, con la ibarreña Marisol Peñafiel, prodigan agudísimos
chillidos y melindrosa algarabía para conocimiento del mundo. Cualquiera
diría que la suya fue una victoria difícil, que conquistaron cada voto,
que estuvieron a punto de ser derrotadas. Pero no: no había ni la más
remota posibilidad de que ocurriera tal cosa.

La amnistía que acaba de aprobar la Asamblea es, a diferencia de otras,
querida por todos. Los siete comuneros de Cochapata (Azuay), acusados de
sabotaje por presuntamente destruir las máquinas de una empresa minera, ya
habían sido amnistiados en Montecristi en 2008. Pero ser militante contra
la minería está mal visto por la revolución ciudadana y eso lo sabe
cualquier juez de la República que aprecie su puesto. En 2010, los siete
fueron condenados a ocho años de prisión y se escondieron en los páramos.
La Conaie, Pachakutik, el MPD, toda la izquierda disidente del Gobierno,
los ecologistas más o menos infantiles, hasta Sociedad Patriótica y el
PRE, por la razón que fuera, clamaron dos años en su defensa. Desde hace
unos meses, también algunos de PAIS lo habían hecho. Eso, en la Asamblea,
suma mayoría. Resultado: 104 legisladores votan por la amnistía, 8 se
abstienen.

Ahora las chicas de Correa festejan como si la victoria fuera suya y les
hubiera costado un riñón alcanzarla. Dan vueltas y vueltas con los brazos
entrelazados. Se suman sus compañeros de Azuay, Jaime Abril y Eduardo
Encalada, sin saber de qué lado de la ronda meter mano. Uno de ellos
propone: «Vamos a saludar». «¡Vamos!» responde el coro de voces femeninas.
«¡Vamos arriba!».

Arriba, en efecto, en el palco destinado para las barras, hay fiesta. Unos
200 campesinos recién llegados de la lejana Cochapata se emocionan hasta
las lágrimas: han visto a sus siete dirigentes sufrir en la
clandestinidad, enflaquecer hasta extremos preocupantes, extrañar a la
familia, deprimirse. Ahora sólo quieren subir a los buses de vuelta y
llevar personalmente la buena nueva. No son correístas. Al contrario: los
trajo la Conaie. Eso tampoco los coloca en la oposición. Son, simplemente,
en este momento de sus vidas, campesinos agradecidos y absolutamente
despreocupados de sutilezas políticas.
En el ascensor que los conduce hacia ellos tras deshacer su festiva ronda,
los asambleístas de PAIS se entregan a un desenfrenado intercambio de
remilgos y comentarios afectados: «Pobreciiiiitos (se refieren a los
campesinos), qué ternuuuuura? ¿Vieron cómo se quedaron asustados cuando
votábamos la reconsideración? ¡Es que no entendían qué pasaaaaaba! ¡Qué
peeeeena! ¡Uyyy sí! ¡Uyyy no!».

A Jaime Abril lo distraen preocupaciones más prosaicas: se queja del
‘Corcho’ Cordero porque en el debate no dejó hablar a todo el mundo.
Apenas a un representante por cada bloque. «¡Por lo menos a los del Azuay
debió darnos la palabra!», suspira indignado. Salvo Rosana Alvarado, que
sí habló, comparten idéntica frustración los demás asambleístas de esa
provincia que lo acompañan. Después de todo, son 200 votos los que tienen
allí arriba ¿Acaso el ‘Corcho’ no lo ve?

Ya llegan los asambleístas al segundo piso y se lanzan al palco y se
dispersan para abrazar y ser abrazados. Sonríen de oreja a oreja y no se
dan abasto para estrechar a los campesinos, que en ese preciso momento se
amontonan en busca de la puerta de salida y a quienes llaman «compañeros»
a boca llena. Es como si los conocieran de toda la vida. Calurosos,
calurosísimos contactos con las bases. Fríos, gélidos saludos -apenas un
lánguido roce de las manos- con Humberto Cholango, presidente de la
Conaie, y Delfín Tenesaca, líder de la Ecuarunari, quienes intercambian
pícaras miradas cuando ven a los de PAIS entregados a tan graciosa
performance. Si en lugar de amnistiar a los siete de Cochapata,
amnistiaran a los 204 que, como ellos, están acusados de sabotaje y
terrorismo, incluido el propio Tenesaca, se quedarían sin brazos.

«¡Ya viene la amnistía para Delfín hasta el fin!». Una voz gruesa y
estentórea se levanta por sobre los presentes y decenas de cabezas se
vuelven hacia la puerta: es Jorge Escala, asambleísta del MPD, dispuesto a
impedir que los de PAIS festejen solos y deseoso de aprovechar las buenas
relaciones que, últimamente, lo conectan con la dirigencia indígena. Los
oficialistas se hacen los que no lo escuchan; al fin y al cabo, amnistiar
a Tenesaca sería, para ellos, tan fácil como amnistiar a los de Cochapata.

Si Jorge Escala no tardó ni un minuto en subir para disputar con los
correístas los frutos de la victoria, no hicieron menos otros opositores.
Ahí están Fernando Aguirre, azuayo de Sociedad Patriótica, y los
legisladores indígenas Lourdes Tibán y Gerónimo Yantalema. Todos pugnan
por ser más reconocidos que el otro, por abrazar más fuerte que el otro,
por intimar mejor que el otro.

Es el segundo capítulo de una contienda que comenzó dos horas antes en el
salón del pleno, donde no se trataba de abrazar a los campesinos sino de
acariciar sus oídos.
La presencia de los 200 comuneros es el resultado de uno de esos milagros
organizativos que en la Conaie ya no sorprenden a nadie. Serían las ocho
de la noche del martes 20 cuando Humberto Cholango supo a ciencia cierta
que tenía el compromiso de PAIS para introducir el tema de la amnistía en
la agenda parlamentaria del día siguiente. En esos momentos se hallaba en
el restaurante Martín Pescador, celebrando el Día de los
Afrodescendientes. «¿A qué hora?», se escuchó que preguntaba por teléfono.
«¡A las diez!». Nadie pudo evitar que saliera apresurado.

No llegan a las diez, pero sí a las diez y media. Traen regalito: para
cada asambleísta una bolsita con hojas de horchata, buena contra la
hipertensión y la flatulencia. Los acompaña un puñado de ecologistas y
jóvenes de ONG armados con tecnología de punta y repertorio de consignas.
Mientras unos toman fotos, otros filman y otros, con la laptop en las
rodillas, se lo cuentan al mundo.

Abajo, en el pleno, el ingreso de las masas a las barras altas se siente
como un fluido eléctrico que recorre las curules. Durante dos horas hablan
los asambleístas sin escucharse unos a otros, preocupados de cosas más
importantes para ellos, como las reformas a la ley electoral que debe
votarse en esa misma sesión, atentos a los periodistas que los esperan en
los pasillos, entrando y saliendo, echando mano del celular y enviándose
mensajes. Hablan sin necesidad, pues ya está decidida la amnistía y a
nadie le cabe duda de que se otorgará. Hablan porque arriba hay 200
personas y a ellas se dirigen.

«Pueblo guerrero», los llama Marisol Peñafiel, como si fueran huaoranis.
Rosana Alvarado despotrica contra la «actividad minera irresponsable y
prepotente» y diferencia entre la protesta social y su criminalización.
Fernando Aguirre rechaza a los «poderes fácticos», lo que sea que eso
signifique, y dice que la amnistía es un «regalo de Navidad». Lourdes
Tibán pide aprobarla por unanimidad. Luis Morales se ofrece a protestar
con ellos contra la minería, a ver si se atreven a meterlo preso. «Ustedes
no tienen que mendigar nada», clama Marco Morillo con gesto de dramatismo
y César Gracia recuerda a otros perseguidos: Abdalá Bucaram, por ejemplo.
César Rodríguez dice «reparación histórica». Y Pedro de la Cruz, que no ha
dicho ni una palabra sobre los líderes indígenas acusados de terrorismo,
se pronuncia a favor de la amnistía al grito de «No me vengan con dobles
discursos». En fin: dos horas de nada.

Al final, siete amnistías se aprueban entre aplausos y se cumple el ciclo
de pedagogía social impuesto por PAIS en tantos casos: persecución,
castigo, perdón, desmemoria. Hay que ver si los líderes de Cochapata
volverán a protestar contra la minería. Mientras tanto, 197 casos siguen
en carpeta.