Perú

Policías

LA REPUBLICA 18/01/2009

Por Rocío Silva Santisteban

Mientras que muchos uniformados arriesgan sus vidas cada día, hay algunos que se prestan para el terror El martes por la noche fue asesinado en el distrito de La Perla un oficial de policía que, junto con otro compañero, intervenían un asalto a mano armada en la peligrosísima avenida Santa Rosa. El comandante PNP Alex Arteaga Breiding era jefe de la Unidad de Servicios Especiales del Callao y realizaba un operativo en el distrito chalaco. Los delincuentes le dispararon en la frente y a los 20 minutos de llegar al hospital Daniel Alcides Carrión los médicos lo declararon cadáver. Ese mismo día, a plena luz del sol y al otro extremo de esta horripilante Lima, murió atravesado por municiones de un fusil AKM el suboficial de la policía Jesús Raúl Quintana resguardando la agencia del Banco de Crédito del Perú de la avenida Velasco Alvarado de Villa El Salvador. Como es usual y con los permisos respectivos de sus unidades, los uniformados redondean sus magros ingresos prestando resguardo a entidades privadas.

Dos policías muertos el mismo día en la misma ciudad cumpliendo su labor: uno en un operativo en una zona caliente, el otro resguardando un banco en sus horas de franco. Si bien es cierto que la profesión exige ese tipo de riesgos, no dejan de indignar estas muertes.

Cumpliendo asimismo la labor de proteger entidades privadas muchos policías trabajan en coordinación con agentes de seguridad (guachimanes). De hecho, todos los días, saludo tanto al agente de seguridad de la universidad donde trabajo como a los policías que lo acompañan de día y de noche. Es una labor de alto riesgo que muchas veces es ninguneada: los policías de resguardo y los guardias en diversas ocasiones son ignorados, convertidos en parte del decorado, asimilados a la garita de control como otro ladrillo de la pared.

Por eso mismo, porque hay muchos hombres y mujeres que arriesgan día a día su vida en este tipo de profesiones, indigna, escandaliza y enfurece que unos guardias de seguridad de FORZA y un grupo de indignos policías hayan secuestrado, amordazado, enmarrocado, encostalado, reprimido, vejado sexualmente, torturado con agentes químicos, humillado y en suma aterrorizado a 29 personas, entre comuneros y colegas periodistas, que reclamaban ante la minera Río Blanco Cooper, ex Majaz.

Y llama mucho más la atención que estos crímenes solo salgan a la prensa limeña cuando se tiene evidencia gráfica al respecto. Se han necesitado esas fotos para que la Coordinadora de Derechos Humanos y este mismo diario puedan publicar evidencia de lo que sucedió hace tres años en las serranías piuranas.

Es más, se dio una conferencia de prensa en Piura, que con razón movilizó a la opinión pública local pero recibió la indiferencia del resto, y se ha requerido de una edición nacional que difundió las fotos para que todos podamos tener en cuenta estos crímenes (mea culpa).

¿Y por qué no se confió en los relatos de los periodistas de Radio Cutivalú o en los testimonios de los propios ronderos cuando narraron la historia hace tres años?, ¿qué sucede con este tipo de conflictos medioambientales cuando se trata de imponer la razón del patrón frente a la razón del campesino?, ¿por qué se maneja de esta manera tan equívoca los problemas de las mineras cuando, a su vez, se sabe que son la fuente de la mayoría de conflictos sociales?

Hubo mujeres en este grupo de protestantes secuestrados: Elizabeth Cunya y Cleofé Neyra. Y de todas las fotografías mostradas hay algunas que llaman poderosamente la atención: son aquellas en que los policías exhiben ropa íntima femenina como un trofeo de guerra.

En otra un policía se ríe ante las truzas de colores amarradas a una soga. Esta ropa interior perteneció a las mujeres secuestradas, entonces ¿cómo es que los policías tuvieron acceso a ellas?, ¿se las quitaron?, ¿las humillaron sexualmente?, ¿las vejaron?

Elizabeth Cunya ha sido examinada por dos especialistas en atención a sobrevivientes de torturas de la ONG Physicians for Human Rights y las fotos de las huellas de sus vejámenes son más que claras.

Me dicen en CONACAMI que no han sido taxativamente "violadas", ¿pero que no haya habido penetración, para decirlo con todas sus palabras, hace menos infeliz una humillación sexual de este calibre?

Si esta situación pasa una vez más por agua tibia, si el ministro del Interior y el premier no toman cartas en el asunto, si se sigue manteniendo a "efectivos" policiales con estos antecedentes dentro de la institución, entonces las muertes del comandante Alex Arteaga y del suboficial Jesús Quintana habrán sido inútiles, totalmente inútiles, absolutamente inútiles.